Hay escenas del cine que quedan grabadas en la memoria colectiva, no solo por la actuación o la historia, sino por el paisaje que las rodea. Uno de esos casos emblemáticos es la escena inicial de La novicia rebelde (The Sound of Music), cuando María gira con los brazos abiertos mientras canta en lo alto de una colina verde infinita. Lo que muchos no saben es que ese escenario existe, se puede visitar y está lejos de ser un simple decorado.
La escena fue filmada en los alrededores de Salzburgo, Austria, más precisamente en una colina conocida como Monte Mönchsberg, ubicada a pocos kilómetros del centro histórico de la ciudad. Aunque el cine logró crear la ilusión de un único paisaje perfecto, en realidad se trata de una combinación de tomas realizadas en distintos puntos del valle, con los Alpes como telón de fondo.
Salzburgo, ciudad natal de Mozart, se transformó gracias a la película en un destino turístico internacional. Desde su estreno en 1965, miles de viajeros llegan cada año para recorrer los escenarios reales del film. Existen tours específicos que llevan a los visitantes por jardines, plazas, lagos y caminos rurales que aparecen en distintas escenas, combinando cine, historia y naturaleza.

El paisaje real detrás de una de las escenas más famosas del cine
El atractivo del paisaje no reside solo en su fama cinematográfica. Las colinas suaves, los prados verdes, los ríos cristalinos y las montañas nevadas durante gran parte del año conforman una postal típica de Europa Central. Caminar por estos lugares permite entender por qué el director eligió escenarios reales en lugar de estudios: la inmensidad del entorno refuerza la sensación de libertad que transmite la escena.

El paisaje real detrás de una de las escenas más famosas del cine
Hoy, el sitio exacto donde se filmó la secuencia más famosa no está señalizado oficialmente, pero es accesible y visitado por fanáticos que buscan recrear el momento. Lejos de ser un parque temático, el paisaje mantiene su vida cotidiana: campos trabajados, senderos rurales y pueblos pequeños que conservan su identidad.
Visitar este lugar es descubrir que el cine, muchas veces, no exagera la belleza del mundo, sino que la revela. Detrás de una escena inolvidable hay un paisaje real que sigue ahí, esperando ser recorrido con la misma emoción que se sintió frente a la pantalla.






