Hasta hace pocos años, Albania era uno de esos nombres que aparecían poco —o nada— en las guías de viaje. Ubicado en los Balcanes, con costas sobre el mar Adriático y el Jónico, este país pasó décadas fuera del radar turístico internacional. Hoy, sin embargo, vive un fenómeno inesperado: miles de viajeros lo están eligiendo como alternativa a los destinos europeos clásicos.
Uno de los grandes atractivos de Albania es su combinación de paisajes. Playas de aguas transparentes, como las de Ksamil o Dhermi, conviven con montañas escarpadas, parques nacionales y pequeños pueblos de piedra que parecen detenidos en el tiempo. Todo esto, a precios sensiblemente más bajos que en países vecinos como Italia, Grecia o Croacia, lo que lo vuelve especialmente atractivo para turistas jóvenes y viajeros que buscan gastar menos sin resignar experiencia.

El país que casi nadie tenía en el radar y ahora atrae a miles de turistas
Pero no es solo una cuestión económica. Albania también seduce por su sensación de descubrimiento. Para muchos visitantes, viajar allí implica salir de los circuitos masivos, evitar multitudes y experimentar un turismo más cercano a la vida local. La hospitalidad es uno de los puntos más destacados: familias que abren sus casas como hospedajes, restaurantes pequeños donde se cocina con productos de la zona y un ritmo de vida más pausado que en las grandes capitales europeas.
El crecimiento turístico se nota en los números. En los últimos años, el país registró récords de llegada de visitantes, impulsados por el boca en boca, las redes sociales y la curiosidad por destinos “nuevos”. El gobierno albanés, por su parte, comenzó a invertir en infraestructura, rutas y promoción internacional, aunque con el desafío de no perder la autenticidad que hoy lo distingue.
Albania también carga con una historia reciente marcada por el aislamiento político, lo que explica en parte por qué fue ignorada durante tanto tiempo. Hoy, esa misma historia despierta interés cultural: búnkeres convertidos en museos, ciudades históricas como Berat y Gjirokastër —Patrimonio de la Humanidad— y una identidad que mezcla influencias mediterráneas, balcánicas y otomanas.
Así, el país que casi nadie tenía en el radar se transforma en una de las sorpresas del turismo internacional. No es un destino de lujo ni de grandes resorts, pero sí un lugar donde muchos viajeros sienten que todavía es posible viajar con curiosidad, tiempo y una cuota de aventura. Y eso, en un mundo saturado de destinos conocidos, vale cada vez más.






