El país que cobra entrada para visitar sus playas

El país que cobra entrada para visitar sus playas es Maldivas. Aunque suene extraño, este archipiélago del océano Índico implementó desde hace años un sistema que regula el acceso a muchas de sus playas, especialmente aquellas ubicadas en islas privadas con resorts.

Maldivas está compuesto por más de mil islas, pero una gran parte de ellas funciona bajo el modelo de “isla–hotel”: una isla completa es gestionada por un solo resort. En esos casos, las playas no son de acceso libre. Para pisarlas, el visitante debe alojarse en el hotel o pagar un pase diario, que puede incluir transporte en lancha o hidroavión, uso de instalaciones y acceso a la playa. Ese pase funciona, en la práctica, como una entrada.

A esto se suma el llamado “green tax”, un impuesto ambiental obligatorio que pagan todos los turistas por noche de alojamiento. El objetivo es financiar la protección del ecosistema marino, la gestión de residuos y la adaptación al cambio climático, una cuestión crítica para un país amenazado por la subida del nivel del mar.

El país que cobra entrada para visitar sus playas

El país que cobra entrada para visitar sus playas

El modelo responde a una necesidad concreta: Maldivas vive casi exclusivamente del turismo y sus playas son su principal recurso. Limitar el acceso permite controlar la cantidad de visitantes, reducir el impacto ambiental y sostener una experiencia de alta calidad. No hay multitudes, vendedores ambulantes ni sobrecarga de infraestructura. El “precio” es la exclusividad.

Sin embargo, no todas las playas del país funcionan igual. En los últimos años, el gobierno impulsó el desarrollo de islas locales, donde los turistas pueden alojarse en guesthouses y acceder a playas públicas sin pagar entrada directa. Aun así, incluso en estos casos, existen restricciones culturales y ambientales, y algunas playas designadas para turistas cuentan con regulaciones específicas.

El sistema genera debate. Para algunos, privatizar el acceso a la playa va contra la idea de bien común. Para otros, es una forma eficaz de preservar un entorno frágil que, sin control, podría degradarse rápidamente.

Maldivas demuestra que, en ciertos destinos, cobrar por acceder a la playa no es solo un negocio, sino también una herramienta de gestión. Un modelo que otros países observan con atención, especialmente aquellos donde el turismo masivo empieza a poner en riesgo sus paisajes más valiosos.

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