Durante mucho tiempo, el turismo estuvo asociado principalmente con aquello que podía verse: monumentos, montañas, playas y edificios históricos. Pero existe otra manera de descubrir un destino: escuchar. En distintas partes del mundo, los sonidos de la naturaleza, las ciudades y las tradiciones locales se convirtieron en una experiencia turística capaz de revelar una identidad que muchas veces queda escondida detrás de las fotografías.
Uno de los ejemplos más particulares está en Reikiavik, Islandia, y en los paisajes naturales de su entorno. Allí, el sonido del viento, las cascadas y las zonas geotermales forma parte de una experiencia en la que el silencio y los sonidos naturales adquieren tanto protagonismo como los paisajes.
En Nueva York, en cambio, el atractivo está en el ruido urbano. El tránsito, las sirenas, los vendedores ambulantes, el metro y las conversaciones forman parte de un paisaje sonoro que permite reconocer la ciudad incluso con los ojos cerrados. Algunas propuestas de turismo y arte sonoro invitan precisamente a recorrer determinados barrios prestando atención a estos sonidos cotidianos.
Viajar para escuchar: los destinos que atraen turistas por sus paisajes sonoros
Otro caso aparece en París, donde las campanas de iglesias y catedrales, los músicos callejeros, los cafés y el movimiento de sus calles construyen una identidad acústica particular. En distintos recorridos urbanos, la ciudad puede descubrirse a partir de los sonidos que acompañan sus monumentos más conocidos.
La naturaleza ofrece experiencias todavía más específicas. En Costa Rica, por ejemplo, la observación de aves tiene una dimensión sonora fundamental. Muchas especies pueden detectarse primero por sus cantos y luego ser localizadas visualmente. Para los aficionados al llamado birdwatching, escuchar se convierte en una herramienta esencial para explorar bosques y parques nacionales.
Algo similar ocurre en la selva amazónica, donde los sonidos de aves, insectos, monos, agua y vegetación forman un paisaje acústico prácticamente imposible de reproducir en una ciudad.
El turismo sonoro propone así una experiencia diferente: caminar más despacio, apagar el celular y prestar atención a aquello que normalmente queda en segundo plano.
Porque un destino no solamente tiene una imagen. También tiene una voz, un ritmo y una banda sonora propia.

