Hay lugares del mundo donde los seres humanos son apenas visitantes y la fauna es la auténtica dueña del territorio. En estas islas, las poblaciones animales superan ampliamente a la cantidad de habitantes, creando paisajes únicos para quienes buscan una experiencia de turismo diferente, centrada en la observación de la naturaleza.
Uno de los ejemplos más famosos es la isla de Rottnest, en Australia Occidental. Allí viven alrededor de 10.000 quokkas, pequeños marsupiales conocidos por su apariencia “sonriente”, mientras que la población permanente es de apenas unos cientos de personas. Cada año, miles de turistas llegan para fotografiar a estos animales, protegidos por estrictas normas de conservación.
Otro destino emblemático es la isla de Macquarie, un territorio australiano situado entre Tasmania y la Antártida. Sin población civil permanente, alberga millones de pingüinos, focas y aves marinas que encuentran allí uno de los ecosistemas más importantes del hemisferio sur. El acceso está muy restringido para preservar su biodiversidad.
Islas donde viven más animales que personas
En Japón, la isla de Ōkunoshima es conocida como la “Isla de los Conejos”. Cientos de conejos silvestres recorren libremente el lugar y superan ampliamente a las pocas personas que trabajan de manera permanente en la isla. Aunque es un destino muy popular, las autoridades recuerdan a los visitantes que deben respetar el comportamiento natural de los animales y evitar alimentarlos con productos inadecuados.
Las islas Galápagos, en Ecuador, también representan un caso extraordinario. Aunque cuentan con población residente, la cantidad de iguanas marinas, tortugas gigantes, lobos marinos, piqueros de patas azules y otras especies endémicas convierte al archipiélago en uno de los mayores santuarios de vida silvestre del planeta. La mayor parte de su territorio está protegida y el turismo se desarrolla bajo normas ambientales muy estrictas.
En el Atlántico Norte, varias islas de las Islas Feroe e Islandia reciben durante ciertos meses del año colonias de frailecillos que multiplican por decenas la cantidad de habitantes humanos. Durante la temporada de reproducción, estos coloridos pájaros transforman los acantilados en un espectáculo natural que atrae a observadores de aves de todo el mundo.
Visitar estos destinos implica mucho más que admirar paisajes. Es una oportunidad para comprender la importancia de conservar ecosistemas donde la naturaleza sigue marcando el ritmo de la vida. En estas islas, los protagonistas no son las ciudades ni los monumentos: son los animales, que recuerdan que aún existen rincones del planeta donde la biodiversidad ocupa el primer lugar.

